miércoles, 9 de julio de 2014

Buriel


El fuego no se puede contar y tampoco sus sombras. El fuego que estudiamos no nos calienta y es imposible imaginar el calor sin sentirlo.
Si hablamos de fuego enseguida me vienen a la mente conceptos como luz, intimidad, fiesta, compartir, calor; pero poco después surgen otros como incendio, cenizas, quemaduras, desolación.
Una potencia siempre compleja, ambigua o al menos paradójica: amorosa y destructora, cálida y vital o destructora y torturante que reduce todo a escombros carbonizados de donde se ha escapado la vida consumida en humo y violento crepitar. Estos dos aspectos son los que se dieron cita en mi imaginación al contemplar recientemente el arte del Baciccia en la iglesia del Gesù.
¿Por qué el Baciccia me quemaba y atraía al mismo tiempo?¿Qué concepto, con qué palabras, podría expresar estas dos caras de la realidad? Por casualidad inicial y búsqueda después, me encontré con el italiano ‘buio’. El ‘buio’ no es la oscuridad, no es una negación, sino un color y una situación existencial. Para desentrañar el contenido que encierran estas simples 4 letras me ayudó entrar en su historia, en su familia, seguir un hilo que salvando el laberinto del uso secular, fuera una mano a la que asirme para iniciar el camino sin volverme. Y qué alegría al encontrarme con papá ‘burius’ y mamá ‘urere’. Burius designa un color rojo oscuro, intenso pero apagado, un rescoldo, en el que se muestra la energía luminosa que fue en lo que que queda: los residuos de la combustión. Es siempre ‘burius’ el que está detrás del brown inglés y del braun alemán, designando en origen una extraña mezcla entre naranja y negro.
Entre los parientes del ‘buio’ italiano han quedado, como hermano pobre y casi desconocido en nuestros días, el español ‘buriel’ y la pequeña hermanita italiana ‘burella’ que da nombre tanto a un tipo de vaca lechera –bien morena para diferenciarla de las trabajadoras vacas blancas- como a una ‘oscura’ calle del centro de la bella Florencia.
En mi imaginación todo empezó cuando vestido con un paño buriel –ahora lo puedo decir- iba capeando los empellones del viento que se empeñaba en hacerme rodar hacia la plaza junto al palazzo Altieri. Buscando refugio del viento endemoniado me imaginé con los pies descalzos de los peregrinos caravagescos, uno más sin más, en la gran aula del Gesù, abierta, sin columnas: una plaza pero sin viento a inicios del s. XVI. Antes del gran Colegio Romano, antes de las universidades, antes de esa plaza cubierta de glorias en frescos, estuvo la gruta en la colina que hoy es Trinità dei Monti, los hospitales de fortuna, la casa de Santa Marta delle Mal-maritate. Brasas que han dado luz y se han consumido por un calor que no va más allá del conctacto, que no se puede fijar, que es un derroche de energías, que no produce intereses pero que se propaga y sin el que la vida sería un frío aburrimiento de muerte.



El Baciccia –siempre me hace sonreír el sonido de este apodo de Giovanni Battista Gaulli- no pinta la luz, incendia; su oscuridad son carbones, sus sombras tienen un cuerpo que danza. La maldad es un frío fuego fatuo y la gloria una pasión coral de llamas y cuerpos que se pasan destellos del incandescente blanco al tibio anaranjado. Los personajes son un pardo y contradictorio buriel: un paño de humilde humanidad contradictoria, capaz de alimentar la luminosa gloria acercándose a ella y quedarse como ennegrecido tizón al alejarse de la fuente de luz y calor. Enciendo una vela para tener cerca una luz de verdad, que se siente, baila, calienta. Frágil y voraz.
También buriel podría ser el color más apropiado a la hora de definir los vestidos de Ignacio conservados en su pequeñísima celda engullida por un laberito de pasillos y nuevas construcciones que a drede no la han digerido. También de buriel está vestido Ignacio en los frescos de Pozzo, y burieles han sido las vidas de José Pignatelli y Arrupe, separados por un centenar de años para no coincidir en vida y sólo por un metro para acercarles en la memoria de sus sepulcros. Por cierto, si José Pignatelli pasa desapercibido en su sepulcro, tiene un busto maravilloso del escultor Solá en el presbiterio: en su sepulcro, las cenizas; en el altar, la gloria luminosa. Parece que en la dura piedra se encarne el espíritu de sobrevivencia de la orden de los jesuitas: reducida a huesos, pero siempre determinada. Este aragonés, cuando ser aragonés podía significar tener raíces napolitanas, mantuvo vivo el rescoldo, oscuro pero cálido, de esta paradójica Compañía cuando se la había declarado difunta pero no acababa de morir. Y quizás la alegría y el razonado asentimiento que muchos experimentaban viéndola en su triste final se frustró con la descabellada ilusión de este aragonés por ser jesuita a pesar de la edad, de la familia, de su enfermedad, de la lejanía e incluso a pesar de que oficialmente los jesuitas ya no podían ser y no quedaba ninguno por estos lares tras la bula del mismísimo papa Clemente XIV. Grandes de linaje y recursos, como el delgado Pignatelli que nos muestra el mármol, que se queman ardiendo como ascuas en oscuras historias y luego dan a luz una gran hoguera. Tan sólo huesos, pero huesos de locura o enamorados, que en su nada descarnada tienen el paradójico poder de acercar, de congregar, de saltar más allá del poco tiempo en que eran auto-móviles para luego ser velas empujadas por un soplo de viento, divino para unos o endemoniado para otros, en ambos casos igualmente incomprensibles, como lo ardiente y oscuro, buriel.
Salgo a los aires furiosos de la plaza y me encuentro con el anaranjado atardecer que va apagándose: el ‘imbrunire’ italiano que tanto me gusta. Un tiempo que como nuestra alba, se viste de un color tan especial que le da nombre propio.
Una ‘apetta’, una de esas motos con remolque que parecen zumbar en el equilibrio inestable y juguetón de sus tres ruedas, pasó a mi lado. En su toldo de tela franciscana, escrito con letras blancas: Cavalier G. Zazzaretta, legnami (maderas). Me imaginé a Petronio haciendo entrar a esta hora del atardecer en su cena de Trimalcione al Cavalier Zazzaretta, jovial y mordaz, siempre listo a una buena salida irónica. Un auténtico nombre hablante, digno de una ocasión tan especial. Hay nombres que hablan, que suenan y resuenan, sugiriendo significados, jugando con otras palabras, trayendo a la mente imágenes. Nombres contradictorios, muy humanos, en una mezcla bien saturada de alturas gloriosas y lodos que cubren en las caídas.
Caminando ahora ya en la oscuridad que en Roma es ‘buio’, subo por via IV Novembre y paso junto a los Mercados de Trajano. Una torre inclinada, como de puntillas sobre el Foro de Trajano, se asoma para ver la ciudad en sus incendios apagados y sopla memorias para reavivar las llamas de la ilusión. A ver si vemos lo que será.

sábado, 31 de mayo de 2014

Despiadada


En Via della Gatta, saludando al felino de piedra que tranquilamente dormita en la cornisa de la parte posterior de palazzo Grazioli, nos paramos un rato para tomar un café en un precioso bar al otro lado de la calle. Parece que el bar participa de la elegante suntuosidad, para nada afectada sino cuidada y elaborada por los siglos, de la Galleria Doria-Pamphilj que está situada en los pisos superiores. Milagros, bibliotecaria del Instituto Cervantes, con su mirada pilla y atenta, me habla de su vida romana a pocos meses de regresar a su querida Zaragoza. Y me dice: “Roma es una ciudad despiadada”. Luego, seguimos nuestro itinerario disfrutando de otros lugares de la cultura española en Roma, pero su frase se me ha quedado grabada.

Yo siempre he pensado que Roma es una ciudad de ‘piedad’, como escribí hace poco refiriéndome a mi última visita a la Galleria Borghese. Sus contradicciones, sus miserias, hacen comprensibles e incluso disculpables las nuestras y nos ponen ante esa ‘pietas’, esa aceptación de la historia y de la propia historia. Y no entendía cómo Roma podía ser despiadada.
Pocos días después, en el patio de S. Carlo alle Quattro Fontane esperando a Vicente, un joven cura vasco superior de los trinitarios que allí tienen desde hace siglos su casa, su patio, su iglesia, sentado a la sombra de los naranjos mientras varios gatos ronroneaban al sol rodeados de pequeñas fresas silvestres seguía pareciéndome increíble y exagerado calificar a Roma como ‘despiadada’. ¡Qué bien se estaba allí! Y, sin embargo, la Roma de Milagros era de otra forma, y quizás había visto un rostro que yo desconocía ¿Cuál era? Recordé que ella me hablaba de los muchos lugares, propuestas, itinerarios, historias que la ciudad contenía como un mundo inabarcable y que tenía que abandonar. Ciudad despiadada, ilimitada, titánica porque no te permite ni el reposo ni el conocimiento que siempre es com-prender.
Un piano tiene 88 teclas y, a parte de la similitud entre el 8 y el símbolo del infinito, no hay nada de más concreto, limitado y a mano, que las teclas de un piano. Gracias a su limitación podemos disfrutar con una infinita variedad de posibilidades que nacen del arte, de esa genialidad llamada música. Notas y teclas limitadas que permiten infinidad de composiciones. Pienso entonces que Roma es un piano con cientos, miles de teclas, un abecedario incalculable... y la veo, ahora sí, despiadada. En la tranquilidad del patio, pensando en la increíble variedad de lugares-teclas de Roma, me siento incapaz de abarcarla, de abrazarla como quisiera, de componer una pieza con inicio y fin, condenado a la impiedad que destila lo que no podemos com-prender. En ese sentido nada hay más despiadado de la Piedad de Michelangelo, piedra de toque de la muerte que no conseguimos dominar y queda siempre como el límite tangible de nuestros anhelos.
Esa ciudad que como compañera está tendida a mi lado desde hace 15 años, por primera vez se me presenta como una mujer fatal que esconde una historia y un cuerpo que seguirá celando misterios. Nunca seremos conquistadores sino conquistados. Esquiva y despiadada, juega como los gatos, concediéndose y apartándose.
Absorto con mis pensamientos, mis ojos ven sin mirar. Están fijos en un pequeño muro que delimita el sendero entre los naranjos. De repente, me doy cuenta de lo que está pasando ante mi mirada. Una pequeña araña da vueltas rapidísima entorno a una hormiga dejando, como una estela invisible, hilos que la atrapan. La hormiga intenta salir de ese círculo invisible luchando contra su destino. Yo permanezco en mi trono olímpico contemplando la tragedia vital de esos seres en una lucha heroica por sobrevivir: mors tua, vita mea, también en Roma.
Gira, gira, gira la araña conquistando su presa que ya casi no tiene espacio. De una grieta en el muro salen otras 2, luego 3, 4 hormigas que con movimientos nerviosos se acercan hasta el campo de batalla. Empiezan a dar fastidio a la araña que se distrae de su fiebre danzarina. Al final, la araña, hastiada de tanto incordio y quizás ya dudando de si su pequeña presa vale la pena, se va de puntillas, casi volando, araña de pies alados. La hormiga prisionera, viendo su prisión sin guardián, se anima y las otras desde fuera contribuyen a destruir con pequeños mordiscos la invisible prisión de sutiles hilos. Al final, como una explosión de júbilo se reunen y empiezan una danza goliárdica de puro placer vital mientras la acompañan hasta su grieta-refugio, en una muda alegría que me conmueve.
Roma también es capaz de atraparte y devorarte, inmovilizándote con sutiles hilos. Roma, teclado de interminables blancas y negras, danzarina de mil vueltas que embriagan hasta un éxtasis que te agota, derviche que mendiga ante ti conduciéndote en cada vuelta a un mareo de sensaciones.
Poco después, siguiendo a Vicente, subo por la escalera elicoidal del Borromini hasta la maravillosa biblioteca de los trinitarios. Curvas que van ascendiendo y que parecen no tener fin. San Carlino, tan pequeño y con tantos secretos en sus juegos de cóncavos y convexos, un rincón donde descubrir también la despiadada realidad que va más allá de la línea recta. Curvas y arco que mantienen incluso ese cuerpo lineal de maderas y libros que parece contener todos los intentos por entender algo de lo que somos, de lo que Roma es.

Acepto mi poquedad y el juego de esta Roma, sabiendo que durante este tiempo mío me encontraré con Vicente, Javier, Milagros, Aarón, Isabel... entrando gracias a ellos, con ellos, en tantas grietas abiertas en la historia, como esta borrominiana, en donde encontrar refugio.

martes, 13 de mayo de 2014

Mayo en Roma

Las carreras de las golondrinas en la mañana llena de luz tras una noche de lluvia intensa. Las largas jornadas de mil matices que anuncian la irrupción de un tiempo nuevo. El brotar de nuevas fragancias y colores, el pleno y enjundioso verde de las hojas nuevas y la hierba que invanden los viales y los rincones queriendo ocuparlo todo con su vitalidad. Todo ello en un tiempo dedicado a las prestaciones, a la necesidad de producir resultados evaluables o a evaluar los resultados como medida de tantos esfuerzos. Mayo y junio son meses que tensan a los que viven el final de los cursos académicos, actores y tramoyistas ante una gran representación. Meses que desaparecen haciendo mutis tras la luz del flexo, de la biblioteca, del estudio, para luego dejarnos ya en la certeza del cambio acaecido.
Mayo es un tiempo de agitación y frenesí, de vida hiperactiva donde la contemplación tiene que ceder el paso -el deber llama- a las múltiples solicitaciones que exigen una respuesta. “Responsabilidad” resuena como único nombre de mi lista de asuntos pendientes.
Quizás, en alguno de nuestros desplazamientos con prisa, nos demos cuenta de la reja cubierta de pequeñas rosas silvestres florecidas como dulces girones de nata que se degustan a cucharadas de aire cálido. Quizás notemos los jazmines repletos de hojas de un verde luminoso mientras sus pequeñas lanzas blancas se ponen en el ristre de los barrotes rozándonos la piel. Pero ni siquiera estas fugaces incursiones del mayo romano consiguen hacernos llegar la invitación anunciante escrita en la luz de algún rayo de sol. Ni siquiera la noche se convierte en lugar del descanso o del encuentro.
De todas formas, en medio del ir-y-venir y de la búsqueda de atajos para llegar antes, hay veces en que es tal la fuerza centrípeta de un lugar que me empieza a atraer con la sensación de una liviana e inexplicable gravedad haciendo de mi andar una órbita... y que no me vaya por la tangente.
Un agujero blanco me atrapó en la olvidada via degli Artisti. Nada más y nada menos que la calle de los Artistas en Roma. Una calle sin los caballetes de la cercana Trinità dei Monti, sin gente que pasea viendo escaparates, sin las tiendas de anticuarios de via dei Coronari, sin talleres de pintura ni de orfebres o bisutería. Una calle más bien estrecha, en subida, de las que simplemente recorres para llegar más allá de ella y quizás lo antes posible. Cierto, toda esta zona en torno a Piazza di Spagna está llena de recuerdos y presencia de artistas, como casi toda la ciudad. Pero esta calle no es nada especial, es un recuerdo dedicado a los artistas sin nombres propios, sin placas ¿quién se acuerda de los pintores nazarenos que aquí vivieron y dan nombre a la calle? No tiene la placentera, misteriosa y cinematográfica superficie de via Margutta, asociada a grandes pintores y academias. Una calle de artistas que no sabe de serlo, como una parábola de la perenne lucha entre gratuidad y necesidad.

Tras una reja se abre el único jardín de una zona famosa en otros tiempos por alojar piezas de la más hermosa naturaleza en la villa de Lucullo. En esta mañana, en esta calle, ese jardín y una blanca fachada son la única andanada de sol que estalla justo ante la hendidura de una calle-escalinata, silenciosa y poco frecuentada, que desciende hacia Via Veneto.
Es una de las calles que menos cuenta, que menos aparece en las guías, sin grandes restaurantes, ni hoteles, sin tráfico ni carteles. Lo que no aparece, lo que no es famoso, no existe. Las horas de estudio de las que son testigos los libros y quizás alguna bibliotecaria, no son nada sino están en la red, quizás expuestas como un mudo monólogo interior en algún vídeo. No sé si también esta intimidad del estudio, de la propia dedicación al trabajo, el momento de la inspiración o de la frustrante vastidad de la materia, se han de convertir en objeto público para tener derecho a existir. Ya no es un cuadro, una escultura, un edificio, una novela, el objeto de contemplación y meditación: ahora es el proceso el que obtiene espectativas y espectáculo. Una vez vendido el proceso la obra final será una mera consecuencia.
En un contexto riquísimo de lugares, tantos y famosos, este jardín, esta fachada blanca, esta iglesia dedicada a S. Isidoro, el Isidro patrón de Madrid, pasan completamente inobservados. Como las naciones, los eventos, las personas, que entre el cúmulo de cascotes de guerras, el polvo del olvido, el brillo de fabulosos tesoros y las ruinas de la ignorancia, han ido quedado desplazados a un tiempo de pequeña historia y sin crónica. La fama, siempre caprichosa y no siempre unida a la gloria, era un salto hacia una cierta eternidad, al menos tanta como inmortal era la obra y la memoria tangible. Ahora parece un sinónimo –aún más etéreo- de nuestra breve existencia. ¿Habrá algo que nos haga ir más allá?
Quizás rebuscando en lo más escondido que sigue existiendo, precisamente por ser lo común a esa eterna historia nunca escrita, podamos encontrarnos a gusto, con un poco de esa calma que parece se nos concede cuando saboreamos algo que es de verdad. 

La historia de este San Isidro respresentado en una pose y figura poco habitual para un hispánico en el cuadro del altar; las vicisitudes del franciscano irlandés Wadding que re-fundó la iglesia poniendo a S. Patricio junto a S. Isidro; la pequeña y maravillosa capilla barroca dedicada a la Inmaculada con la maestría de Maratta y Bernini. Quizás allí, entre memorias tumbales que nos llevan a los mares del norte y nos traen brumas que nieblan la vista, oigamos el destello satisfecho de esa vida que va creciendo en la oscuridad del trabajo y las mil ocupaciones que van ocupando nuestro tiempo al parecer ocultándonos y ocultando la luz de mayo. También en mayo llueve y tal vez por ello la historia no se vuelve árida, es más, riega las raíces que crecen, sustentan y dan nutrimento sin ser vistas.

lunes, 31 de marzo de 2014

Ligero


Para caminar, sobre todo para subir. 
Para recoger, con intención de compartir. 
Para poder cambiar y también para quedarse sin más problemas. 
Para que el sol caliente la piel y darme cuenta.
Ahora sé que hay momentos de ligereza que hicieron especial mi sábado. Cargado con el fardo de las preocupaciones, del sentido del deber, de las responsabilidades, de las aspectativas, de la propia historia, hay momentos de maravilloso equilibrio en que el tiempo y la propia existencia se transfiguran. Ligero se hacen el aire y el tiempo que pasa como una brisa imperceptible, como el trazo ligero dejado por los delicados dedos de mi hijo.
En ese instante que, como una eternidad pregustada, no sabría indicar cuánto dura, las palabras surgen del corazón con agua de recuerdos, imaginación, razones y sentimientos. La luz de una jornada soleada se confunde con la luminosidad de las presencias: compañeros de camino y personajes venidos del pasado que se aparecen como notas de color entre la luz de un día especial.
'Volé tan alto, tan alto, que le di a la caza alcance'... no como final de un lance sino como señal, como prenda de lo que es tan real que no puedo abarcarlo de una sola vez.
En el Gianicolo, Jano abrió el momento y luego S. Pedro con sus llaves ese cielo que por ser en la tierra se iba haciendo con tantos pasos. Un itinerario que de reprente me iba dejando ligero, lleno de todo lo que había sido y al mismo tiempo con lo único que contemplaba en esos momentos.
Hay ‘Roma-fanías’ que consuelan al llevarte a rozar la eternidad de la que está preñada el tiempo.
El sábado pasado me he sentido ligero, pronunciando a cada instante aquellas palabras de Salinas:
Todo dice que sí.
Sí del cielo, lo azul…
Es el gran día.
Podemos acercarnos
hoy a lo que no habla.



Hagamos tres chozas. Quedémonos con esta luz, presencia y no-tiempo para seguir aceptando, sin convertirlos en cargas, los eventos de nuestros días. Es el sentimiento de quien encuentra lugares que no pasan, que se quedan, que dejan huella. No son sólo lugares que han alojado a personas,  sino que han pasado a formar parte de la vida -mía, de un grupo- que se caracterizan y nos caracterizan.

Sólo un gracias puede ser una palabra para no hacer pesada la ligereza que me ha conquistado y seguir compartiéndola.

domingo, 2 de marzo de 2014

En un rincón, un jardín.

Apenas dejo via Zanardelli sonrío. Es como si entrara en una Roma amiga, de recovecos, lugar de encuentros y aventuras. En lago Febo no puedo dejar de entrar en mi librería preferida de libros antiguos o simplemente viejos, que de todo hay. La pequeña iglesia dedicada a Sa Nicola dei Lorenesi y Santa Maria dell’Anima me saludan antes de adentrarme en el callejón oscuro junto a los altos muros de Sta. Maria della Pace. Es un desfiladero de emboscadas imaginarias, un lugar que no parece encajar con las callejuelas del entorno en las que los muros de simples casas parecen acercarlas unas a otras e invadir la cotidianidad de los viandantes. Al pasar bajo el arco y ver ya la luz de la pequeña plaza me encuentro con Pino y Marisa. Hoy es su día de descanso en el restaurante Al Fontanone y pasean juntos, agarrados del brazo. Son ya abuelos y siguen concediéndose al trabajo honesto y al placer de estar juntos disfrutando de la ciudad. Mi desfiladero me ha traído esta bonita sorpresa.

Pero mi objetivo, al llegar hasta este rincón de Roma, era el Chiostro del Bramante que alberga una exposición sobre pintores de finales del s. XIX. Hay lugares únicos que parecen unir un encanto o armonía primordial con los aportes de quien ha notado esa armonía y la ha hecho suya, enriqueciéndola de forma personal. Si me permitís la comparación, es algo parecido a lo que pude experimentar cuando, en el pueblo de mi madre, paseaba con mi tía-abuela por la huerta y los corrales buscando los lugares especiales que las gallina escogían para poner huevos. Especiales para ellas, por ellas y luego también para mí.
El claustro es un lugar acogedor, para deambular sin perderser y sin meta. Para entrar en las salas hay una pequeña puerta, la entrada a una celda, a espacios que nunca serán amplios pero sí dispensadores del silencio y la soledad necesaria: paredes y fondos negros para estar tú a tú con colores, figuras, historias.
Traspasando esa pequeña puerta entro en un mundo de formas silenciosas, de bellezas delicadas, de arquitecturas perfectas, abiertas a jardines maravillosos de los que nos llega el perfume, naturalezas con una brisa que nos acaricia, soledades que resuenan con sentimientos trágicos.
Allí me encontré con jardines de arte cargados de significados e historias que la vida imita: “Life imitates Art far more than Art imitates Life” como diría por esas fechas Lord Henry Wotton en el Retrato de Dorian Gray. La realidad es un inicio, palabras, para luego componer frases originales, llenas de una belleza muy personal, refinada y dandy. Y así, voy recogiendo frases: Eléboros de alto talle que devuelven la salud mental mientras a su lado pasan personajes devorados por la pasión; asfódelos de hojas espinosas y profusamente florecidos en la punta para llevarnos hasta el Hades de los mediocres o, simplemente comunes habitantes en los que se mezcla el bien y el mal; aquilegias de un azul intenso en las que se recoge el agua del tiempo y las historias como las de Antígona o Esther; lirios de amor fecundo y regalo de elección por el esposo del Cantar de los Cantares; madreselvas con el intenso perfume del amor y el abrazo invencible de la muerte; y un diluvio de rosas damascenas, rosas otto, paso entre el cielo y la tierra, quintaesencia de las rosas y esencia destilada en perfumes tan intensos como preciosos, evanescente y pura hasta quedar reducida a un eco de mero nombre,
“la que no tiene símbolo ni signo…
la que se acontenta con el encuentro
de su color y tus ojos”, palabras hechas arte que sobreviven a la misma realidad.
Al mismo tiempo, descubro perfumes y superficies, pintados y que impresionan los sentidos. Sus pétalos suscitan recuerdos olorosos mientras mis manos parecen acariciar las sutiles telas y las lisas superficies de mármol bajo la atenta mirada de mujeres hermosas, misteriosas, aparentemente acogedoras y serenamente terribles, situadas más allá del tiempo en un mundo de cuentos o en el desván donde quizás esconden las miserias de la vida y la conciencia.
Y tantas miradas que me esperan. Flores, superficies y miradas.
Un joven sentado en un trono rehuye la mirada hacia el presente, está de lado, mirando hacia el pasado, mientras el futuro lo espera para llevarlo hasta el natural desenlace. Paisaje de tiempo y miradas, de horas con guadaña en un ciclo que no deja de cumplirse aunque parece suspendido en un momento eterno: la madre contemplando los alegres juegos del niño antes del baño. El tiempo parece estar fuera, como una de las pequeñas sandalias, dejada de lado, más cerca de nosotros que de ellos en una complicidad sin final.
Una hermosísima joven esconde su mirada apoyándose en la repisa de una chimenea, la mirada de Esther serenamente sentada contemplándote e invitándote a sentarte y charlar un rato con ella, la mirada de Heliogábalo desde lo alto de su refinadísimo triclinio mientras una lluvia de rosas maravillosas inunda hasta ahogar algunos invitados. El lecho de rosas sibarita puede ser una tumba de rosas, el ocho tumbado que pasa al infinito. Rosas de ocho pétalos y variedades antiguas rescatadas como tesoros custodiados por las arenas de la imaginación. De nuevo flores, miradas, tacto de refinados materiales.


Salgo al porticado superior del claustro como si entrase en una habitación de casa tras haber paseado entre jardines abiertos en paredes negras. Poco a poco, sentado ante un café mis ojos se van acostumbrando a la luz doméstica del día mientras mi memoria y mis dedos juegan con las notas de La jardinera que tengo grabadas junto con la voz de Imanol:



Para olvidarme de ti,
Voy a cultivar la tierra,
En ella espero encontrar,
Remedio para mi pena.
Aquí plantaré el rosal,
De las espinas más gruesas,
Tendré lista la corona,
Para cuando en mí te mueras.

Para mi tristeza violeta azul,
Clavelina roja pa' mi pasión,
Y para saber si me correspondes,
Deshojo un blanco manzanillo.
Si me quieres mucho, poquito o nada,
Tranquilo queda mi corazón.

Creciendo irán poco a poco,
Los alegres pensamientos,
Cuando ya estén florecidos,
Irá lejos tu recuerdo.
De la flor de la amapola,
Seré su mejor amigo,
La pondré bajo la almohada,
Para dormirme tranquilo.

Para mi tristeza...etc.

Cogollo de toronjil,
Cuando me aumenten las penas,
Las flores de mi jardín,
Han de ser mis enfermeras.
Y si acaso yo me ausento,
Antes que tú te arrepientas,
Heredarás estas flores,
Ven a curarte con ellas.

Para mi tristeza...etc.


La jardinera (Violeta Parra)