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viernes, 9 de febrero de 2007

Un encuentro junto al Coliseo

Estaba tan cansado que decidió coger un taxi. Imposible. Ninguno se paraba. Quizás no lo veían o quizás no tenía pinta de buen cliente. Al final, se subió al 86 y llegó a Termini. Allí fue derecho al metro, línea B y en 5 minutos había llegado a su parada: Colosseo. Eran las ocho y cuarto de la noche, fría y con el cielo cubierto de gruesas nubes anaranjadas por el resplandor de la ciudad. Tenía que encontrarse a la salida del metro con Armando Salvi, un guardia municipal jubilado que todos los años viajaba en verano hasta la remota Bahía de los Pingüinos.
-Nada. Lo que más me gusta, lo que busco es nada. Nada de humana construcción o huella que me recuerde algo. Una tabla. Poder dejar la casa, como mal necesario y no encontrar nada ¡Qué paz!
-¡Y a mí que me gusta la plenitud de esta ciudad! Incluso entre los adoquines, esos ‘sampietrini’ irregulares que castigan los pies, esconden en sus ranuras mil monedas, chapas, hierbajas en las calles sin tránsito... nada está vacío aquí. Una tierra hecha de tierra y no de mar, que sirve de cimiento de una generación a otra, en la que el movimiento no sólo destruye sino que sedimenta. Entrar en un patio como un libro escrito y no las blancas página de la naturaleza y su silencio que espera.
-Por eso. Demasiadas palabras, demasiadas cosas. Me llamarás viejo gruñón y lo soy, por la lucha diaria. Es demasiado. Me parece estar rodeado de miles de fantasmas, de un mundo que no puedo atrapar, misterioso. Todos estos artistas, curas, políticos, burócratas, comerciantes. Demasiadas vidas, problemas, ideas, chispas de ingenio o maldad.
Una música de saxo, cálida y tangible, recorrió la espina dorsal de Eneas como un estremecimiento. Notas improvisadas que sonaban extrañas a aquellas horas sin turistas, gratuitas, como la canción de un perro a la luna o de esa loba que seguía al acecho de sus cachorros-humanos en las sombras del templo de Venus, entre columnas que parecen sostener el peso del cielo plúmbeo.
Empezaron a caminar en silencio subiendo por unas sinuosas escaleras entre muros de ‘laterizio’ romano hacia el Colle Opio dejando a la espalda el Coliseo. Ya no hay vendedores de cachibaches ni turistas que vayan hacia S. Pietro in Vincoli. Era una escalera que descansaba tras el telón de la noche que marcaba el final de la representación. En esta ciudad hasta las piedras tienen su papel, comparsas y no escenario, a veces incluso protagonistas; no sólo pretextos sino cronistas, cuentahistorias con su presencia ciega y muda.