miércoles, 13 de noviembre de 2013

Miles de semillas



Hay viajes que se hacen inolvidables: lugares que pasan a ser una experiencia y no sólo datos geográficos o imágenes. Otros se hacen especiales por las personas que encuentras y otros también por las personas que te acompañan. Sería ideal que se juntaran todos estos elementos para hacer ‘el viaje’.
Lo bueno de estos viajes memorables es precisamente la capacidad que tienen para revivir, para resurgir ante la voz de una emoción o un estímulo que te los planta delante, te cogen de la mano y te llevan de vuelta a esos lugares en una odisea emocional. Basta un poco de agua para que su semilla germine.
Ayer por la tarde me pasó así. Pasaba ante la iglesia de Santa Dorotea en el Trastevere y, teniendo 5 minutos en medio del ajetreo cotidiano, decidí entrar. Nunca acabaré de sorprenderme ante esta extraña capacidad que tienen los lugares de Roma para hacer descubrir nuevos detalles y engendrar novedades. La ciudad se desvela poco a poco, atractiva: siempre te está esperando e invitando cuando la encuentras en su intimidad. Basta saberlo para descubrir sus miradas. El encuentro del tacto con su hermosa piel hace el resto.
La iglesia de Santa Dorotea tiene una historia muy interesante -ahí lo dejo como invitación-. Sabía que Dorotea era la patrona de los floristas y fruteros a raíz de la legendaria historia de su martirio. Me senté en un banco y los recuerdos iban brotando. La primera hoja tenía la forma de mi amigo Maurizio, gran artista de las composiciones floreales. Alzando los ojos y viendo la cúpula y su decoración surgió la segunda con el color de la curiosidad que tuve la primera vez que contemplé el antiguo mapa de la ciudad realizado por el arquitecto Giovanni Battista Nolli. Y es que allí mismo una placa nos recuerda que, al poco de terminar la reconstrucción de la iglesia, el gran arquitecto Nolli murió y quedó enterrado literalmente dentro de su obra. Viajé con la imaginación hacia la ciudad de mediados del s. XVIII llena de campos, viñas y villas, con la abigarrada algarabía de casas entorno a la gran curva del Tíber y la otra ciudad entorno a la colina Vaticana, el Borgo, al otro lado del río. Un mapa siempre es una invitación a viajar, una instantánea que deja vislumbrar el carácter, la edad, el modo de mostrarse y ataviarse de esta ciudad.

Salí de la iglesia y la imagen de santa Dorotea con su canesto de flores y frutas hizo revivir inopinadamente un viaje estupendo de Santiago a Madrid con mi hermano, uno de esos viajes especiales por quien te acompaña: y ya tenía toda una planta de recuerdos. 
En ese viaje mi hermano conducía y me guiaba con el relato de sus aventuras laborales a lugares para mí desconocidos: campos de trigo, semillas, harinas, grandes barcos, puertos. Un mundo completamente distinto a la vida de una pequeña aldea con la huerta y las gallinas. Un mundo de OGM, grandes almacenes, productos químicos, hambre y negocios, donde las maravillosas semillas no son sólo pan, alimento o futuro sino una moneda que va cambiando de mano. Y mientras pedaleaba por el Lungotevere se abrió un recuerdo como una flor, una idea que me sorprendió mucho: Ahora algunos agricultores –quizás mejor llamarlos empresarios del campo- siembran semillas de mil diversas variedades de trigo para evitar los derechos de marca de las empresas que crean OGM y el uso de pesticidas y herbicidas, así las diversas variedades con sus raíces a diversos niveles y con sus características peculiares pueden cubrir un campo dando una mayor producción y complementándose. Sí, ya lo sé. Un día me estrellaré contra alguna farola o algún árbol al lado del Tíber persiguiendo estas ideas y recuerdos.
Mientras tanto, en mi viaje urbano subiendo hacia mi casa a través de villa Borghese seguía viajando junto a mi hermano, reviviendo Madrid de una forma nueva, como una ciudad a la que ahora ya pertenecía también yo. Ya no estaría nunca allí sólo de paso o de visita. En cierta manera era mía, quedaba unida a unas experiencias que seguían vivas: paseo por el Retiro mientras pedaleo en Villa Borghese, llego al Coppedè pasando por la Guindalera.
Cuando llego a casa tengo ganas de mostrar mi plantita surgida de la memoria, hablar de este viaje, de los recuerdos y hasta de los campos con miles de semillas. Y hablando noto como esas miles de semillas que voy recogiendo por Roma quedan plantadas y dan frutos, veo como los personajes tan diversos e historias de esta ciudad enraízan cada uno a su modo, cada uno en un nivel de este suelo con humus de historia. Roma no tendrá nunca un organismo genéticamente modificado ni uniforme. Tendrá siempre malas hierbas, quizás incluso cizaña, pero seguirá dando fruto en uno u otro modo, quizás 20, 40, 70 o 100, cada uno a su modo, unos años más y otros menos. No hay semillas perfectas pero sí cargadas cada una con sus matices.
Al acostarme casi casi como un sueño, fruto de la jornada, veía un canasto lleno de flores y frutas deliciosas. Unos niños, entrando descalzos desde la calle y armando alboroto, me adelantaban y de puntillas cogían una fruta y la comían antes de entrar en las dos salas de la primera escuela pía de Europa: una cultura que seguía sembrando nuevas semillas, siempre distintas, traídas incluso del pueblecito aragonés de Peralta hasta este campo romano.

martes, 29 de octubre de 2013

Asomarse, asombrarse



Experto viene de experiencia. ¿Por qué lo digo? Permitidme un breve preámbulo.
Estando en Roma y dedicándome a los servicios turísticos, tengo oportunidad de encontrar mucha gente. Roma es siempre un motivo para compartir.
Sin embargo, con algunas personas el encuentro se hace afinidad, se hace parte de la propia historia, la que cuentas y la que cuenta. El tiempo entonces no es un simple ‘cronos’ sino que se hace ‘kairós’, un evento y una memoria, un motivo para festejar la vida que nos otorga estos momentos.

Ayer por la tarde, tras uno de estos encuentros no me sorprendió su clásica tarjeta de buen papel con tonos amarillos, me sorprendió bajo su nombre un apelativo, casi una exclamación: experto. Podría sonar megalómano o una palabra vacía -flatus vocis sería mejor y más divertido sino sonara a pedante-, podría ser una definición de una ocupación inexistente si pretendemos que la pregunta ¿qué soy? obtenga siempre como resultado una posición laboral.

Tras dar un paseo y almorzar en el Peperoncino D’Oro, junto al lugar de mi trabajo en via del Boschetto, tras hablar de Roma, de la propia historia, de las experiencias de la vida, esa palabra ‘experto’ me pareció una síntesis adecuada y llena de significado: en su pasar por Roma, por la vida, me di cuenta que no va recogiendo datos, sino experiencias o vivencias. Quizás también habría podido poner como subtítulo a su nombre ‘vividor’ (¿por qué tendrá tan mala fama esta palabra tan bonita?). Ahora, me lo imagino como la estatua de Trilussa, asomado a la vida que pasa en la plaza, escuchando las conversaciones de los que están a su lado, abierto a las tantas verdades que enriquecen las pocas propias certezas haciéndolas capaces de mostrarse sin imponerse, sobre todo ante un buen vaso de vino: in vino veritas.
‘Yo no podría ser profesor’. Quizás el término profesor posee un matiz que hace pensar en alguien que enseña el camino sin recorrerlo, alguien que sentado desde lo alto de una tarima (ex catedra, catedrático) habla con los que se sientan a sus pies, alguien que comparte más contenidos noéticos que experiencias sabiendo o suponiendo que tiene ante sí quien aún no los posee... Sin embargo, con mi ‘experto’ pude experimentar como sería un Sócrates que, sin ser profesor, hacía brotar pensamientos y palabras, o uno de aquellos griegos amantes del saber compartido mientras se camina.

Ya véis que ha sido toda una experiencia el encuentro con mi ‘experto’, como quien ve pasar gente y qué gente sentado bajo una buena sombra: asombrarse.


En este sentido, y siempre ‘aprendiendo’ de expertos que no son profesores, hace poco en piazza Trilussa,  Pino, el propietario del restaurante Al Fontanone y trasteverino de adopción, me hizo notar un extraño detalle en una pequeña casa destartalada junto a su local. En la parte inferior derecha de una ventana del segundo piso se ve un espejo retrovisor apuntando hacia abajo pero con la inclinación justa para que alguien desde esa ventana pueda ver lo que pasa en el portal. Una forma perfecta para no asomarse, para defenderse de los acreedores, para no dar la propia presencia a los que la atacan con solicitudes, propagandas, deudas o favores. Ingenioso y muy romano sobre todo en épocas en donde ‘non c’è trippa per gatti’: el lema es buscarse la vida en una ciudad en donde todos y todo pasa.

Algunos se asoman, otros se esconden y sólo un ‘experto’ recoge las historias de todos ellos para hacerlas tesoro.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Autómatas



Desde el balcón contemplaba el movimiento de la plaza. Franz se movía con gracia y seguro de sí. Sabía que él había notado su presencia y el poder de sus miradas tras un abanico que la celaba y al mismo tiempo la hacía blanco de tanta curiosidad.
Al mismo tiempo, Swanilda y otras chicas aparecen con unos apuestos soldados de permiso, tejen sus palabras y gestos en la algarabía general, entre las alegres notas de una primavera que hace olvidar el cuartel y los trabajos para dedicarse a la danza de la seducción.
Coppelius también está en la plaza y observa, participa secretamente recogiendo la excitación de la vida que se derrama buscando cauces entre los jóvenes. Ha dejado atrás su juventud pero siente en sus manos un poder casi divino que lo hace sentirse ufano, satisfecho, más fuerte de los pobres jovenzuelos que inconscientemente juegan con su tiempo y sus energías. En su casa, en ese mundo que se ha creado, sus secretos están bien custodiados. Mientras los mozos se deshacen en mil cabriolas ante Swanilda él ya tiene la suya.

Ella contemplaba todo desde su balcón: su lugar y ella misma pertenecen a Coppelius. Quizás ella misma es un mero objeto decorando ese lugar. Es así y no tiene adonde ir. Desde allí observa los círculos de miradas que se van creando en la plaza: de Coppelius a Swanilda, de Swanilda a Franz, de Franz hasta su balcón. Todos persiguen algo y buscan sin encontrar. Sólo ella parece reposar tranquila tras su abanico, sin buscar, sin moverse, perfecta como un motor inmóvil que hace girar entorno todos los personajes atraídos uno a uno por su gravedad.
El círculo se rompe cuando Swanilda encuentra una llave. Se le cayó a Coppelius y Swanilda lo sabe. Sabe que en aquel balcón, en aquella casa está la clave de su incesante danza en pos de Franz. Esa llave es la clave. Miedo y audacia.
Entra, y entre aquellas cuatro paredes ve artilugios, mecanismos y muñecas, un mundo que Coppelius ha creado y gestiona como dueño absoluto, con un movimiento rítmico que emana de sus artes. Es una vida de hilos invisibles. Coppelia, la muñeca autómata, hermosísima, sentada en el balcón, no decide. Es asombrosamente parecida a ella. Se mueve por sí misma pero no tiene metas. Su belleza está determinada, pintada como su sonrisa y no puede corresponder a ningún amor. Tiene peso y crea la ilusión del movimiento pero sólo porque su dueño se mueve, la quiere pero sin hacerla querer. Coppelius no es Frankenstein. Su autómata es una mujer, en todo igual a la más hermosa de las muchachas, nada la distingue en apariencia... pero no viaja, no decide, no siente ni odio ni venganza, no se siente distinta ni pretende ser igual, no busca compañía en un semejante, simplemente se deja. Su mundo se cierra entorno a la compensación que apaga los deseos de su creador... aunque Coppelius sueña con ser correspondido con las novedades de la libertad.
Coppelius regresa a su casa preocupado por la llave perdida y temeroso por la importancia de sus secretos. Swanilda se esconde al verlo llegar. Y todo se complica. Cuando Franz ve la puerta abierta entra también en aquella casa con la esperanza de encontrar aquellos ojos misteriosos que lo miran tras un abanico.  
Coppelius al ver a Franz sabe que no puede dejarlo salir. Se quedará para siempre en su mundo. No puede permitir que ese mundo perfecto quede expuesto como el lugar de un pobre loco. Y entonces surge la determinación: Franz es la ocasión que estaba esperando. Necesita su vida para alimentar con ella la inerte materia de su amada autómata. No posee el arte divino de crear, de dar vida a lo inerte, sólo puede engañar y sonsacar. No se ensucia, no se enfrenta con la materia siempre mostruosa de la muerte. Él busca sólo la perfección del artista enamorado de su obra: mira la realidad y se rebela ante sus defectos. En el fondo no quiere  el cuerpo y alma de la pobre realidad humana, sus cambios, sus defecciones, la posibilidad de que te salga rana. En eso, el monstruo creado por Frankenstein, era realmente uno de nosotros. Y eso da miedo.

Swanilda, mientras tanto, observa lo que pasa y no sabe cómo intervenir. Aquel mundo entre 4 paredes la asusta. Cuando ve a Franz narcotizado y lo que pretende hacer Coppelius decide entrar en escena. Se viste con la ropa de la hermosa mueñeca y empieza el juego de quien se mueve dentro de un cuerpo de metal pero con la vida y voluntad sonsacadas a Franz. Coppelius está feliz y desconcertado. Por primera vez su creatura no es del todo suya, lo nota. Ni la violencia ni la zalamería la hacen estar bajo su poder. Al final ella consigue destruir todo ese mundo artificial. Franz despierta de su doble sueño para seguir viviendo y reconocer al fin que ama a Swanilda.
Coppelius se queda con los restos de su muñeca entre las manos, sin misterios, sin secretos, provocando pena mientras la vida continúa nuevamente en la plaza, en el mundo real más allá de aquellas 4 paredes.

Palabras dichas con música y danza. El tiempo ha volado entrando en esta fábula real, saliendo del Teatro dell’Opera hacia el mundo que estaba en el palco. Un viaje de sentimientos e imágenes que me han traído muy lejos para desde aquí ver también el cuadro de nuestra vida cotidiana, el gran teatro del mundo lleno de autómatas, Coppelius y enamorados buscadores de alguien que les corresponda, monstruos terriblemente diversos condenados a no encontrar un próximo y muñecos de perfección encerrados en su mundo sin defectos. Un paso y otro, con miedo, sonriendo o con torpeza también nosotros danzamos.

jueves, 19 de septiembre de 2013

Los dias



El tiempo empieza de nuevo ahora. Es difícil determinar el inicio o el final de un período, no sólo en la gran historia, sino también en las pequeñas historias de nuestras vidas. Los días se van anudando a veces sin aparentes cambios substanciales. Otras veces, un día como tantos otros se revela el amanecer de un tiempo que nos parece distinto: comienzan las clases en una nueva escuela, cambio de casa, cambio de ciudad, una cita... pero sólo tras el paso del tiempo, desde una cierta distancia, podemos darnos cuenta de lo que está pasando, de la novedad que se ha asentado dejando su color e incluso un peculiar perfume en todo el espacio del tiempo.
Hoy he sentido ese olor de libro nuevo recién abierto, de primeras lluvias, de aires templados... y, como una brisa, unos colores antiguos se han hecho nuevos, con una voz que hasta hoy nunca había sentido. Muchas veces, el tiempo nuevo no es una llegada de lo inesperado desde lejos, sino reconocer voces que siempre han estado confundidas entre otras miles o eran inalcanzables por nuestros límites. Hoy unas formas y colores han traspasado ese límite para visitarme desde un cuadro que ha hecho nueva la Galleria Doria Pamphilj.


Han dejado todo. Ya queda atrás la emoción del inicio, de la salida precipitada con poco equipaje, las esperanzas y miedos a flor de piel, la percepción de abandonar las sencillas seguridades de lo cotidiano. Ahora es cuando se dan cuenta de verdad de lo que está pasando. ¿Qué hacer? Descansar. Contemplar significa pararse. Cerrar los ojos es un sí, una aceptación confiada de los momentos, del propio cansancio, un abandonarse a los sueños como lugar de imágenes libres recogidas a lo largo del camino.


Tras ese punto de luz que rodea el lugar donde madre y el niño duermen, hay otros dos personajes que velan. Silencio y música, ambos, al servicio del sueño, de ese abandono del que acepta el camino y lo recorre notando cada paso, con tiempos que duran. El hombre es silencio, condición necesaria para que se derramen las notas, la belleza del sueño y de las dos criaturas que descansan. El silencio es siempre mayor, más antiguo, anterior, común, entre sombras. La música, voz divina, anunciadora de la eternidad, desnuda y ensimismada, es palabra que sugiere y se cuela en lo más recóndito de los sueños, acompañándonos en el abandono, más allá de la vida contingente y las fatigas: Quam pulchra es! Sus notas llenas de luz, sostenidas por el silencio más antiguo. El mundo se cuela através de una naturaleza fresca, con sus ocres y verdes. El mundo es una nota baja y constante que hace resaltar la melodía de los dos durmientes hecha ángel, mensajero de la novedad que constantemente nos acompaña sin verla.
Me parece reconocer los trazos del arte joven del autor en el silencio, en ese José - atril que sigue en servicio velando el sueño y los sueños.  Me sorprende su voz en la melodía, en el paisaje y rostro delicioso de María y su niño.
Dentro de poco retomarán el camino. Aún queda bastante hasta encontrar un lugar para pasar la noche. Éste es un alto, un lugar y momento que nos permite contemplar, no necesariamente razonar. Un lugar que nos acerca al cielo antes de bajar con el discurrir de los pasos. Lugar de la música como instrumento para ir más allá, para conquistar los propios sueños y, al finar, dejarse conquistar por el sueño. El camino es necesario, incluso huyendo o justo para huir. También lo son el silencio, la música, los sueños para no perderse.




** No he encontrado la música que aparece en la partitura del cuadro: Noel Bauldeweyn -- Quam pulchra es (la sigo buscando). Os dejo, en cambio, esta melodía que tanto me gusta titulada I giorni (los días) de Ludovico Einaudi.